Educar para romper barreras

inclusionCuando hablamos de educación y de transmisión de valores todos estamos de acuerdo que esto hay que hacerlo primero desde la familia y posteriormente desde la escuela.

Ésta debe ser inclusiva, solidaria, tolerante, abierta y crítica con la realidad. De esta manera se convierte en verdadero instrumento de cambio al educar personas abiertas, críticas, libres e implicadas en la sociedad y en sus problemas.

Y una de las carencias más preocupantes de esta sociedad que nos ha tocado vivir es la indiferencia ante la diferencia. Y no es un fácil juego de palabras. No es que no aceptemos lo diferente. Es que no lo vemos. Cuando tomamos conciencia de ello, somos generalmente solidarios, participativos, favorecedores. Pero el problema es que no somos capaces de asumir la diferencia como algo consustancial a esta sociedad en la que vivimos. Y cuando me refiero a la diferencia me estoy refiriendo a la inmigración, a la discapacidad, a la exclusión  económica,…

Y en esto tiene mucha influencia el contexto educativo. Valores en los que no se creé, palabras que quedan escritas en papel mojado, normas absurdas que se crean en pro de una mayoría que no es capaz de ver que la diferencia enriquece, barreras mentales que se colocan allí donde no las hay y que suelen más incapacitantes que las barreras físicas,… Todo ello se convierte en un guiso en el que se cuecen a fuego lento prejuicios que quedan marcados a fuego en nuestra personalidad.

Es muy triste ver en nuestras escuelas la cantidad de trabas que se ponen a la inclusión efectiva en las aulas de los diferentes. Barreras físicas que impiden en muchos casos su acceso a los centros o los incapacitan para disfrutar de sus instalaciones. Falta de apoyos, por ejemplo de profesorado inclusión-niñosy personal especializado, para realizar esas actividades que los diferentes realizamos de forma distinta a los demás. Ni mejor ni peor ni con más esfuerzo. Simplemente de forma distinta. Barreras mentales y prejuicios que impiden que los diferentes participen activamente de las actividades que favorecen un proceso educativo.
Preguntemos a nuestros hijos e hijas que conviven a diario con la diferencia si les supone un problema. Ahora, no. Dentro de unos años su respuesta será distinta. Pensemos el por qué y quién ha puesto esas barreras mentales en su cabeza y en su corazón.

O comenzamos a romper esas barreras ya o dentro de treinta años seguiremos escribiendo lo mismo.

Me ha parecido interesante incluir este texto para clarificar más estas ideas.


De la integración a la inclusión

“Un nuevo EI2término que encontramos en la literatura reciente es el de “inclusión”.Como suele ocurrir frecuentemente cuando aparece un nuevo término, en seguida empieza a utilizarse sin cambiar realmente las concepciones y significaciones previas.

Esto es lo que está sucediendo con el término de inclusión, que se está empezando a utilizar como sinónimo de integración, cuando se trata de dos conceptos y aproximaciones distintas. Como se ha visto anteriormente, la integración está referida al grupo específico de las personas con discapacidad y es un movimiento que surge desde la Educación Especial e implica la transformación de ésta.

Obviamente, la integración también implica modificar las condiciones y funcionamiento de la escuela común, pero el énfasis ha estado más en lo primero que en lo segundo. Con gran frecuencia, la integración ha implicado trasladar el enfoque educativo individualizado y rehabilitador, propio de la educación especial, al contexto de la escuela regular, de tal forma que en muchos casos no se ha modificado la práctica educativa de las escuelas, y sólo se ha ajustado la enseñanza y prestado apoyo específico a los niños “etiquetados como de integración”.

El concepto de inclusión es más amplio que el de integración y parte de un supuesto distinto, porque está relacionada con la naturaleza misma de la educación general y de la escuela común. La inclusión implica que todos los niños de una determinada comunidad aprendan juntos, independientemente de sus condiciones personales, sociales o culturales. Se trata de lograr una escuela en la que no existan “requisitos de entrada” ni mecanismos de selección o discriminación de ningún tipo; una escuela que modifique substancialmente su estructura funcionamiento y propuesta pedagógica para dar respuesta a las necesidades educativas de todos y cada uno de los niños y niñas, incluidos aquellos que presentan una discapacidad. Mientras que en la integración el énfasis está en la adaptación de la enseñanza en función de las necesidades específicas de los niños integrados, en la inclusión el centro de atención es la transformación de la organización y respuesta educativa de la escuela para que acoja a todos los niños y tengan éxito en su aprendizaje.

La educación inclusiva implica una visión diferente de la educación común basada en la heterogeneidad y no en la homogeneidad. La atención a la diversidad es una responsabilidad de la educación común porque las diferencias son inherentes al ser humano y están presentes en cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje. Sin embargo, al igual que ha ocurrido en la sociedad, las diferencias en el ámbito educativo se han obviado, lo que ha dado lugar a la creación de estructuras y propuestas educativas diferenciadas para distintos colectivos de alumnos y alumnas (niños con discapacidad, niños indígenas, etc.).

La escuela inclusiva no es, por otro lado, algo totalmente nuevo en la educación; un ejemplo claro es la escuela rural en la que todos los niños y niñas de esa comunidad se educan juntos. El desafío es avanzar hacia una mayor generalización, especialmente en las zonas urbanas y de mayores recursos, donde existe un mayor nivel de exclusión.

Los modelos y propuestas educativas están influidos por la percepción y connotaciones de valor que se tengan respecto de las diferencias. Cuando se habla de diferencias sociales se está hablando no sólo de alumnos diversos, sino de alumnos que tienen diferentes oportunidades (unos tienen más que otros). Cuando se habla de diferencias culturales suele considerarse que hay una cultura mayoritaria y otras minoritarias que tienen menos valor e influencia en la sociedad. Cuando hablamos de diferencias individuales suele haber una tendencia a valorar más a aquellos que tienen altas capacidades; especialmente las de tipo intelectual.

La atención educativa a la diversidad está condicionada asimismo por la concepción que se tenga sobre las dificultades de aprendizaje. Como señala Ainscow (1998), existe una tendencia muy arraigada a percibir las diferencias en función de criterios normativos, de tal manera que aquellos alumnos que no se ajustan a los criterios establecidos como normales o estándares, son considerados diferentes, con dificultades o anomalías y en consecuencia, han de ser objeto de programas o servicios diferenciados, o simplemente son excluidos del sistema. Otra forma distinta es considerar que cada alumno tiene unas capacidades, intereses, motivaciones y experiencia personal única, es decir, la diversidad está dentro de “normal”. Desde esta concepción el énfasis está en desarrollar una educación que valore y respete las diferencias, viéndolas como una oportunidad para optimizar el desarrollo personal y social y no como un obstáculo en el proceso de enseñanza-aprendizaje.”

HACIA UNA ESCUELA PARA TODOS Y CON TODOS** Rosa Blanco G. OREALC/UNESCO Santiago

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